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abr 09

La vivienda, ¿factor de protección o riesgo para la salud?

Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.

Artículo 25.1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, 1948

La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos estipula que toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado, que le asegure la salud y el bienestar, y esto incluye la vivienda. Sin embargo, el 29 de marzo, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas ha vuelto a expresar su preocupación en su examen a España. Entre otros muchos derechos básicos, ha criticado la escasa protección del derecho a la vivienda en España, en concreto, se ha señalado que las medidas de austeridad de los últimos años han “perjudicado el disfrute del derecho a una vivienda adecuada”, particularmente de personas y grupos más desfavorecidos y vulnerables. Asimismo, vuelve a reprender a España por “el número insuficiente de vivienda social”, y el elevado precio de la vivienda, en especial por el “número significativo de hogares que no cuenta con vivienda en condiciones adecuadas y el alto número de personas sin hogar”.

Tradicionalmente la vivienda se ha entendido como el espacio físico donde se puede descansar, dormir, comer, tener actividades recreativas y realizar las funciones sociales y relacionales con la familia en su concepción amplia (amigos, conocidos,…). Es un espacio de recogimiento y privacidad.

No obstante, tal y como lo establece la propia  Organización Mundial de la Salud[1], cuando estas condiciones no se cumplen o son insuficientes, el derecho a la vivienda no se está garantizando, y por tanto, tampoco lo está el derecho a la salud de las personas. Así, tanto la existencia o no de un hogar, las condiciones físicas de la vivienda y su entorno físico, como el entorno social del barrio pueden repercutir sobre la salud física, mental y relacional de las personas.

En este sentido, una vivienda sólo puede considerarse saludable si sus residentes disponen de un espacio de convivencia que promueve la salud. A saber, que la tenencia sea segura y estable, que la ubicación de la vivienda sea apropiada, su diseño y estructura adecuada y tenga espacios suficientes; tenga acceso a servicios básicos de buena calidad; disponga de muebles, equipamiento seguros y eficientes; esté ubicada en un entorno adecuado que promueva la comunicación y no el aislamiento social.

Por el contrario, los vínculos entre la vivienda y los problemas de salud (patologías, minusvalías, síndromes, trastornos, envenenamiento, alergias…) son evidentes cuando nos referimos a personas en situación de exclusión socio-residencial. Personas sin hogar, durmiendo en la calle o en viviendas improvisadas o malas condiciones, o personas que tambalean entre diferentes alojamientos provisionales; hogares obligados a vivir en infraviviendas, viviendas insalubres, deficientes y húmedas, muy degradadas. A modo de ejemplo, es patente que las personas que no pueden mantener una temperatura adecuada en su casa pueden presentar patologías cardiovasculares y respiratorias. Las familias en viviendas antiguas con cocinas y sistemas de calefacción, viejos y mal mantenidos, están más expuestas a alérgenos y componentes químicos nocivos para la salud, como el monóxido de carbono, el plomo o el amianto. También las plagas de insectos u otros animales se relacionan con reacciones alérgicas y distintas enfermedades infecciosas.

Asimismo, es importante destacar el estrés ocasionado por la insatisfacción con respecto a las condiciones de la vivienda o la falta de privacidad, entre otros factores, puede ocasionar problemas de salud mental, como la percepción de bienestar, ansiedad, depresión, insomnio, o problemas conductuales y académicos en la infancia. Un elevado coste de la vivienda o estar inmerso en una espiral de endeudamiento también puede conducir a un grave estrés psicológico, dificultar cubrir otras necesidades básicas como la alimentación u ocasionar inestabilidad residencial o un mayor hacinamiento.

Por último, tener una vivienda por sí sola no protege de la soledad ni del aislamiento social. Una persona tiene hogar porque en su entorno encuentra redes de apoyo, se relaciona, establece vínculos y aquellos y aquellas que le rodean los establecen con ella (Olea, 2008: 9)[2]. Tener una red o la ausencia de ella es clave para afrontar gastos imprevistos, contar con ayuda ante los problemas de la vida cotidiana, apoyo en el cuidado de los hijos/as, o, simplemente, alguien con quien poder contar para hablar o que muestre amor y afecto.

Para entender la relación de la salud con la vivienda, y también los problemas derivados de su carencia, la mirada tiene que ser amplia, tanto del concepto “salud” como del concepto “hogar”. Desde nuestro acercamiento no podemos obviar lo relacional, al igual que no deberíamos desentendernos del barrio. No podemos dejar de lado lo emocional, así como no olvidamos la seguridad en la tenencia. Tampoco se puede descuidar la patología, del mismo modo que no se debería ignorar la calidad de la edificación. Sólo desde un acercamiento multidimensional a las situaciones de vulnerabilidad residencial, podremos plantear las propuestas que se lleven a cabo desde la vivienda. Será desde esta mirada desde la que seremos capaces de dilucidar si, finalmente y en cada caso concreto, estamos ante un factor de riesgo o un factor de protección.

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[1] Inadequate housing and health: an overview by Xavier Bonnefoy International Journal of Environnent and Pollution (IJEP), Vol. 30, No. 3/4, 2007

[2] Olea Farreras, Sonia. No tener hogar significa mucho más que estar sin techo. Madrid: Servicios Generales. Cáritas Española, 2008.

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